Historia del Vino (1)

Se habla de vino, de vinos, en particular o en general y el profano cree enfrentarse a un producto uniforme que apenas el color diferencia. Sólo con el conocimiento llega el matiz. También las joyas vistas desde lejos se parecen y sólo la cercanía pone en primer plano su valor.

Queremos que, al concluir, aquél o aquella que jamás se haya tomado en serio el vino, empiece a enamorarse de él, que se adentre aún más en su admiración, en una palabra que lo adore que nos sorprenda la variedad de nuestros vinos que es donde se encuentran sus riquezas, su razón de ser y las razones para que nosotros los amemos.

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No se conoce con exactitud quienes introdujeron la vid en España; acaso fueron los griegos, pero también es posible que fueran los púnicos. Lo que sí sabemos es que la historia vinícola de España es muy antigua, pues existen documentos como exportadora de vinos allá por el siglo I AC.

Los primeros viñedos, posiblemente, traídos por los púnicos sobre el siglo VI ó V a. C. Por dos vías de penetración, una por el NE, la costa catalana y otra por el SE, en la bética la localidad de Oinoússa cuya denominación alude al vino (oinos). Aquí se produce una uva que los hispanos denominaban “coccolobis” y que los romanos la llamaban “balisca”. Decía el naturalista Plinio que la coccolobis cuanto más dulce, es tanto mejor, la que tiene gusto seco se hace dulce al envejecer y la que lo tuvo dulce se convierte en seco al envejecer con el tiempo, eficaz contra las afecciones de la vejiga. En otro lugar, dice Plinio, existe además una uva negra, llamada “aminnea” o “syriaca” que era la mejor entre las inferiores.

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Los romanos, que fueron los maestros de los vinicultores ibéricos, cuyo primer mosto que se obtenía lo utilizaban para la preparación del “mulsum” para lo que se mezclaba con miel y se dejaba envejecer para servirlo como aperitivo. El resto del mosto se dejaba fermentar en inmensas tinajas llamadas “deoliae”, una vez fermentado este vino se clarificaba con ceniza, arcilla, polvo de mármol, resina, pez y también, como los griegos, con agua de mar. Se envasaba en ánforas de barro, se le inscribía el año de la cosecha, características y se dejaba envejecer al contrario de hoy en día en las habitaciones altas de la casa cerca de las chimeneas.

A finales del siglo XVII aparecieron los afamados vinos de Montilla, así como los de Illana. Las tierras de Jaén, hoy olivares, antes viñedos, a la cabeza Úbeda, Martos y Baeza. A los vinos de Úbeda, aloque traducido al árabe como rojo claro intermedio entre el blanco y el tinto. Vinos de Torredonjimeno y Alcala la Real.

Continuará…

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